Categoría: Historias

  • Catro luces

    Catro luces

    En Cea, mi aldea, cerca de Vilagarcía de Arousa, pasábamos muchas de las noches de verano alrededor de la iglesia. No sé si aquello era lo normal en todas partes, pero para nosotros el atrio era simplemente otro lugar donde jugar. Corríamos, nos escondíamos y nos perseguíamos entre los panteones y las tumbas que había en el suelo, algunas tan antiguas que las letras ya casi no se podían leer.

    A mis once años nunca me había impresionado demasiado andar entre muertos.

    Quizá sea porque soy gallego y aquí la muerte siempre ha formado parte del paisaje. Está en las historias que cuentan los mayores, en los cruces de los caminos con los cruceiros, en los petos de ánimas, en los cementerios pegados a las casas y en las campanas que suenan a muerto. O quizá fuera simplemente porque aquellas tumbas siempre habían estado allí. Para nosotros eran tan habituales como los bancos de piedra o la fuente.

    Había unas, sin embargo, que sí me inquietaban.

    Estaban justo al lado de la entrada de la iglesia y pertenecían a antiguos curas de la parroquia. Al parecer, por haber servido allí durante toda su vida, tenían el derecho a ser enterrados cerca de la puerta.

    Nunca entendí muy bien si el hecho de que todo el mundo pudiese pisar cerca del lugar donde estabas enterrado era realmente un derecho o un privilegio. Pero me impresionaba pensar que, debajo de aquellas losas, había sacerdotes que habían celebrado misas en esa misma iglesia muchos años antes de que nosotros naciésemos.

    Aquella noche era una de esas noches de verano que después parecen inventadas.

    Hacía calor, había oscurecido hacía un rato y nosotros seguíamos jugando en el atrio. Éramos cinco o seis. No recuerdo exactamente cuántos. Formábamos la pandilla que se juntaba todos los veranos y con la que yo pasaba prácticamente todos los días durante las vacaciones.

    Aunque yo venía de la ciudad, nunca me trataron como alguien de fuera. Allí era uno más, y para mí pasar el verano con ellos era lo mejor del año.

    No recuerdo quién tuvo la idea, aunque tampoco me extrañaría que hubiese sido yo. Se nos ocurrió que sería divertido coger unas sábanas blancas, unas linternas y disfrazarnos de la Santa Compaña.

    La Santa Compaña era una de esas cosas de las que todos habíamos oído hablar, pero sobre las que nadie quería preguntar demasiado. Una procesión de muertos que recorría los caminos durante la noche, llevando luces y anunciando desgracias. Algunos te decían que eran cuentos, pero los mayores bajaban la voz al hablar de ella y siempre había alguien que conocía a otro alguien que la había visto.

    Nosotros no teníamos miedo… o eso creíamos.

    Conseguimos las sábanas, las linternas y hasta unas cuantas velas. Sospeché que alguna de aquellas velas había salido de un panteón, pero preferí no preguntar. Nos cubrimos la cabeza, encendimos las luces y empezamos a caminar en fila por los alrededores de la iglesia.

    Dimos unos cuantos sustos. También provocamos algún enfado y escuchamos varias veces la amenaza más temida de cualquier niño:

    Voullo dicir ao teu avó e verás.

    Una frase que y

    a había oído muchas veces y que también se había cumplido otras tantas. Por suerte, mis abuelos eran más buenos que el pan y casi siempre terminaban diciendo que aquellas eran cosas de niños. Casi todas, porque robar fruta, romper algo o volver con la ropa destrozada ya era otro asunto.

    Después de un rato dando vueltas, haciendo ruidos y apareciendo entre las casas con las sábanas puestas, decidimos regresar. Para llegar a la casa de mis abuelos había dos caminos: uno iba por la carretera y era más largo y el otro atravesaba las leiras, entre campos de millo y zonas de bosque. Era estrecho, algo oscuro y mucho más rápido.

    Por supuesto, escogimos ese. Estábamos acostumbrados a ir por allí y cuando eres niño, el tiempo es oro.

    Avanzábamos en fila porque apenas había espacio para caminar unos al lado de los otros. Todavía llevábamos las sábanas y algunas linternas, aunque ya no estábamos interpretando ningún papel. Nos reíamos de los sustos que habíamos dado y discutíamos sobre quién había salido corriendo más rápido al vernos.

    Entonces, uno de los que iba en la fila empezó a decir que mirásemos hacia la derecha.

    Al principio no le hicimos caso. Pensamos que intentaba asustarnos para vengarse o que quería gastar una última broma antes de llegar a casa.

    Mirade —insistió.

    Seguimos caminando.

    Que miredes.

    Había algo extraño en su voz. No parecía estar riéndose. Su insistencia terminó por molestarnos y varios giramos la cabeza casi al mismo tiempo.

    A nuestra derecha no había casas. Solo campos de millo y, un poco más atrás, una zona de bosque en la que se mezclaban carballos y eucaliptos.

    Entre las plantas y los árboles distinguimos cuatro luces. No eran muy potentes. Tampoco parecían linternas. Eran luces pequeñas, amarillentas, como las de unos candiles o unas velas protegidas del viento. Estaban a unos veinte metros de nosotros, más o menos.

    No podíamos ver quién las llevaba. Solo las luces. Avanzaban en fila, como nosotros.

    Durante unos segundos seguimos caminando, sin saber muy bien qué hacer. Las luces se desplazaron también, paralelas al camino, manteniendo nuestra misma velocidad al otro lado del campo de millo.

    Nadie se reía ya.

    Nos detuvimos todos a la vez y las cuatro luces también lo hicieron.

    Aún recuerdo el silencio de aquel momento. No el silencio normal del campo por la noche, lleno de insectos, hojas y animales pequeños. Era un silencio distinto, como si todo hubiese dejado de moverse. Nos miramos unos a otros. Nadie tuvo que explicar lo que estaba pensando. Tampoco hubo que decir nada más.

    Normalmente, volver a casa por aquel camino nos llevaba unos quince minutos. Aquella noche llegamos en cinco. Recuerdo entrar de golpe en casa y ver a mi abuela preguntándome qué había pasado, qué habíamos hecho esta vez. No le respondí. Solo quería refugiarme en la seguridad de mi cuarto y no pensar en lo que acabábamos de ver.

    Durante mucho tiempo pensamos que alguien nos había gastado una broma. Que otra gente había cogido velas y había caminado por el campo para asustarnos. Era la explicación más sencilla. También era la explicación que más necesitábamos creer.

    Pero había algo que nunca terminaba de encajar.

    Al día siguiente volvimos al camino. A la derecha seguían estando los campos de millo, los carballos y los eucaliptos. Lo que no había era ningún sendero. Ninguna forma de avanzar en fila por allí sin apartar las plantas, romper ramas o dejar algún rastro.

    No encontramos huellas. Ni restos de velas. Nada.

    Nunca volvimos a disfrazarnos de la Santa Compaña.

    Y todavía hoy, cuando regreso a casa de noche, escojo siempre la carretera.

    Aunque sea el camino más largo.