¿Qué es ser feliz? ¿Cuándo somos felices?
Siempre que hablo de este tema acabo citando a Andy Bernard en The Office, cuando suelta aquello de: “Ojalá hubiera una manera de saber que estás en los buenos tiempos antes de dejarlos atrás”.
Y joder, qué razón tiene.
Esos “buenos tiempos” son muy difíciles de identificar mientras están pasando. Quizá porque, en esos momentos, el cerebro no se para a analizarlos. Se permite celebrarlos, disfrutarlos y nada más. Sin embargo, cuando vienen mal dadas, el instinto de supervivencia hace justo lo contrario: guarda, recuerda, archiva. Como si quisiera asegurarse de que no volvamos a tropezar con la misma piedra.
Esta semana he estado en esos buenos momentos de los que hablaba Andy. Días de primeras veces. Primeras veces felices, divertidas, entretenidas. De esas que no quieres que se acaben nunca.
Y lo malo de las primeras veces es precisamente eso: que son únicas. No se repiten. Se acaban.
Pero, a riesgo de caer en mi negatividad habitual, esta vez quiero hacer lo contrario. Quiero regocijarme en lo vivido. Quiero pensar que esas primeras veces no solo terminan, sino que también abren caminos. Caminos hacia segundas y terceras veces. Hacia nuevas rutinas, nuevas bromas, nuevos lugares, nuevas personas, nuevas formas de estar bien.
Igual ninguna vuelve a ser tan especial como la primera. Igual no tienen ese brillo raro de lo nuevo, de lo inesperado, de lo que todavía no sabes nombrar. Pero quizá no hace falta que lo tengan. Quizá la felicidad también es eso: aprender a no exigirle a cada momento que sea irrepetible para poder disfrutarlo.
A veces los buenos tiempos no llegan con grandes señales. No suena una música de fondo. No aparece nadie para decirte: “Ojo, esto que estás viviendo ahora lo vas a recordar mucho tiempo”. Simplemente estás ahí. Riendo. Caminando. Hablando de cualquier tontería. Pensando, aunque no lo digas, que ojalá el día durase un poco más.
Y quizá eso sea suficiente.
Quizá ser feliz no sea reconocer los buenos momentos mientras pasan, sino tener la lucidez de mirarlos después con cariño. Sin castigarse porque ya terminaron. Sin intentar atraparlos. Solo agradeciendo haber estado allí.
Esta semana, por suerte, estuve allí.
