Tinder Granate: una broma que al final no lo fue tanto

Siempre he vivido el Pontevedra CF de una forma bastante intensa. No solo como alguien que va a Pasarón o sigue los partidos, sino como parte de una comunidad que comenta, debate, sufre, celebra y convierte al club en algo mucho más grande que noventa minutos de fútbol. Con Fondo Norte y PontevedraCF.Net he podido canalizar esa afición creando contenido, pero también me gusta llevarla a otro terreno: construir pequeñas herramientas, probar ideas y ver cómo la tecnología puede hacer que la gente participe más. Tinder Granate salió precisamente de ahí, de juntar mi lado más granate con mis ganas de hacer cosas en internet.

En realidad Tinder Granate nació como una pequeña broma en mi cabeza alrededor del mercado de fichajes del Pontevedra CF. La idea era sencilla: convertir la conversación habitual de cada verano —qué jugadores gustan, cuáles encajarían, quién ilusiona más o menos— en una experiencia rápida y divertida.

En vez de hacer una lista de nombres o una encuesta tradicional, el planteamiento fue llevarlo a una mecánica muy reconocible: mostrar jugadores uno a uno y permitir que cada persona decidiese si le gustaría verlos de granate o no. Una especie de “match” futbolero, sin pretensión de ser una herramienta de scouting ni nada especialmente serio. Solo una forma más entretenida de participar en una conversación que la afición ya estaba teniendo.

Y quizá por eso funcionó.

En cuatro días, la aplicación terminó con más de 1.500 visitantes, reuniendo 54 jugadores y acumuló más de 18.500 votos. Para un proyecto lanzado sin una gran campaña previa, sin demasiada planificación y con una primera versión bastante sencilla, la respuesta fue mucho mayor de lo esperado. Para muchos no serán grandes datos, pero si tenemos en cuenta el nicho que es en Internet la afición de un equipo de fútbol de la tercera división española, pues ya se ven con otros ojos.

Además, acabó saliendo en prensa local, algo que confirmó que la idea había conectado. No porque fuese un gran producto tecnológico, sino porque tocaba una tecla muy concreta: afición, mercado, participación y humor.

La parte tecnológica: lanzar primero, ordenar después

Lo más interesante del proyecto, al menos para mí, fue que no nació como una aplicación perfectamente planificada. Al principio no había panel de administración, ni estadísticas, ni una solución avanzada para controlar votos repetidos. Había una idea clara, una interfaz muy pensada y una primera versión lo bastante buena como para publicarla.

Y eso fue suficiente para empezar.

Con la app ya en marcha fueron apareciendo los retos reales. Uno de ellos fue el control de votos repetidos. En una herramienta de este tipo hay que decidir hasta dónde quieres complicar la experiencia: si obligas a registrarse, los datos pueden ser más fiables, pero mucha menos gente participa. Si dejas votar sin fricción, el juego fluye mucho mejor, aunque tienes que asumir ciertos límites y poner controles razonables para que los resultados no se desvirtúen demasiado.

Otro reto fue la gestión de jugadores. La primera versión no tenía un panel de administración pensado para ir añadiendo nombres de forma cómoda. Pero al ver que la gente participaba y proponía muchos jugadores, hubo que adaptar la aplicación ya publicada debido a que aunque la publicación de nuevos jugadores era manuel, era necesario tener un cierto control en la parte de atrás para que no se hiciera pesado.

Tampoco había estadísticas de uso. ¿Para qué iba a necesitarlas si era una broma? Bueno, pues porque al final el ego siempre tiene que ser alimentado y, al ver que el juego cogía tracción, «tuve» que implantar las estadísticas en el panel de administración. Gracias a un buen diseño en el modelo de datos, el contaje y visualización de datos salió inmediato.

Esa fue probablemente la mejor lección del proyecto. Muchas mejoras no salieron de una planificación previa, sino del uso real. Primero se lanzó. Después la gente entró, votó, compartió y propuso. Y solo entonces quedó claro qué hacía falta mejorar.

Tinder Granate no fue un desarrollo complejo ni pretendía serlo. Fue una prueba rápida de producto: una mecánica clara, una comunidad concreta y una validación inmediata con datos reales. A veces no hace falta construir una plataforma enorme para saber si una idea tiene sentido. A veces basta con hacer algo pequeño, fácil de entender y publicarlo en el momento adecuado.

Salió bien precisamente por eso: porque no intentó ser más de lo que tenía que ser. ¿Qué nos ha aportado? El retorno es difícil de medir. Nos metemos en los terrenos de visibilidad y notoriedad que son imposibles de contabilizar, sobre todo si tenemos en cuenta que tampoco se dio mucha bola a quién lo hizo, un servidor, y de qué comunidad venía, la de nuestro programa Fondo Norte.

¿Esto importa? Pues no estoy seguro. Estoy satisfecho con el resultado y que haya calado en la gente. Ha sido un one hit wonder…o quizás no, quizás es el principio de algo que me lleva rondando un tiempo la cabeza. Ya veremos.

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