El continente sobre el contenido

Hace unos días, el Náutico de San Vicente publicó un vídeo para quejarse de una escena cada vez más habitual en sus conciertos: gente que consigue una entrada, se coloca cerca del escenario y pasa buena parte de la actuación hablando. Normalmente, según decía la publicación, hablando de sí misma.

Entre los comentarios apareció una respuesta que resumía bien el debate: ¿cómo se puede pedir atención si la programación es secreta? Si nadie sabe quién va a tocar, ¿cómo se puede esperar que el público esté formado por fans?

La pregunta parece razonable durante unos segundos. Después deja de serlo.

No hace falta ser fan de alguien para escucharle. No es necesario conocer sus canciones ni salir del concierto convertido en admirador. Puede no gustarte, puede aburrirte y puedes marcharte. Lo difícil de entender es pagar una entrada, colocarte junto al escenario y actuar como si la música estuviese interrumpiendo tu conversación.

Yo soy muy de conciertos. Disfruto más cuando toca uno de esos grupos que llevo años escuchando, claro, pero no necesito conocer el repertorio. Me gusta la música en directo casi en cualquiera de sus formas: ver cómo se defiende una canción fuera del estudio, descubrir a alguien nuevo y comprobar si una propuesta que no parecía para mí consigue llevarme a algún sitio.

A veces sucede y otras no. Esa también es parte de la gracia.

Cuando el lugar se convierte en la experiencia

El Náutico es un pequeño local junto al mar, en San Vicente do Grove, que ha construido una identidad alrededor de la música en directo, los conciertos de pequeño formato y la cercanía con los artistas.

Pero hace tiempo que dejó de ser solamente un lugar donde se celebran conciertos. También es un destino veraniego, un espacio de moda y uno de esos sitios en los que hay que estar si eres de esas personas que sube todo a Instagram. El paisaje, la puesta de sol, el ambiente, la exclusividad y la programación secreta han creado una experiencia que va mucho más allá de la música.

Ahí aparece una contradicción.

El Náutico pide respeto para sus artistas, y tiene razón. Pero también ha construido parte de su atractivo alrededor del lugar, de su misterio y de la sensación de formar parte de algo especial. Para una parte del público, la entrada no se compra para ver a alguien concreto. Se compra para entrar en el Náutico.

El artista se descubre después. Y, en ocasiones, parece que también se soporta después.

Hay quien paga los aproximadamente quince euros de la entrada secreta como quien paga el acceso a una discoteca. No compra realmente un concierto, sino un espacio donde tomar algo, encontrarse con amigos y pasar la noche. El escenario está allí, pero ocupa un lugar secundario. La música funciona como ambientación.

Desde esa perspectiva, hablar no parece una falta de respeto: esa persona cree haber pagado por estar allí, no necesariamente por escuchar. El problema es que los demás también han pagado. Y algunos sí han ido por la música.

Cuando aparece el contenido

La programación secreta tiene algo atractivo. Comprar una entrada sin saber quién actúa supone aceptar una pequeña apuesta: quizá aparezca alguien que te encanta, quizá descubras a un artista nuevo o quizá la propuesta no tenga nada que ver contigo.

Esa incertidumbre debería despertar curiosidad. Sin embargo, provoca otras cosas.

En la actuación de The Rapants de hace unas semanas, cerca del escenario había un grupo de chicos cuyas expresiones fueron cambiando a medida que avanzaba el concierto. Con sus pulseras verdes de grupo organizado y una estética más próxima a Ibiza que a las Rías Baixas, parecían haber llegado esperando una experiencia muy distinta.

Algo parecido ocurrió con 9Louro. La reacción de una chica del público circuló bastante por redes porque su rostro reflejaba desconcierto, desagrado y casi indignación mientras el artista gallego cantaba delante de ella. Como si el Náutico que le vendieron no pegara con un chico cantando ritmos electro latinos en un galego de Muros que le costaba entender.

Las escenas resultaban cómicas, pero también reveladoras. No parecían simplemente las caras de personas a las que no les gustaba una canción. Parecían las expresiones de quienes sentían que el espectáculo estaba estropeando la experiencia que habían ido a consumir. Como si el artista se hubiese presentado sin invitación en una fiesta que giraba alrededor de otra cosa.

La programación secreta no es el problema. La diferencia está en la disposición con la que uno llega.

Puedes pensar: «No sé quién toca, vamos a descubrirlo». O puedes pensar: «No sé quién toca, pero da igual porque lo importante es estar aquí». La primera actitud coloca la música en el centro. La segunda convierte al artista en decoración.

La publicación como objetivo

Todo esto va bastante más allá de los conciertos.

Vivimos rodeados de experiencias diseñadas para ser enseñadas. Restaurantes, playas, festivales, viajes y puestas de sol funcionan como escenarios donde construir una versión atractiva de nosotros mismos.

No hacemos algunas cosas únicamente para disfrutarlas, las hacemos para obtener una imagen de nosotros disfrutándolas.

La copa frente al mar. La pulsera. El escenario de fondo. Quince segundos de una canción. La ubicación etiquetada. Una historia publicada antes de que termine el tema.

Una vez compartido el momento, el objetivo está cumplido.

No hay nada malo en hacer una foto o grabar un vídeo. Yo también lo hago. La diferencia aparece cuando la fotografía deja de ser el recuerdo de la experiencia y se convierte en su finalidad.

Cuando elegimos el sitio por cómo quedará en una historia. Cuando revisamos el vídeo mientras el artista sigue tocando. Cuando estamos más pendientes de quién ha visto la publicación que de lo que sucede delante de nosotros.

El problema no es sacar el móvil durante un concierto. El problema es que el concierto solo parezca existir mientras el móvil está grabando.

No hace falta que te guste para respetarlo

Hay conciertos para escuchar en silencio y otros para cantar, saltar y hacer ruido. Pero en ninguno tiene sentido colocarse junto al escenario para mantener una conversación a gritos.

No hace falta que te guste el artista, fingir entusiasmo ni quedarte hasta el final. Puedes alejarte o marcharte. Lo que no deberías hacer es convertir tu desinterés en el problema de quienes sí han ido a escuchar.

La programación secreta del Náutico puede gustar más o menos, e incluso puede haber contribuido a atraer a un público más interesado en el lugar que en la música (y la gente del Náutico son conscientes de ello, no me cabe duda). Pero comprar esa entrada implica aceptar la sorpresa.

Quizá descubras algo maravilloso y quizá no, pero lo mínimo es concederle al artista unos minutos antes de decidirlo.

Porque cuando el local importa más que lo que sucede dentro, cuando la fotografía vale más que el recuerdo y cuando parecer que llevamos una vida interesante sustituye a vivirla, el continente termina devorando al contenido.

Habremos pagado la entrada, hecho la foto y demostrado que estuvimos allí.

Pero no está tan claro que realmente hayamos estado.