Dani Martín ha sacado una versión de Puta Vida de Supersubmarina, y yo he vuelto a una pregunta que llevo años haciéndome. Me muevo en el mundo del indie español y siempre me ha llamado la atención el lugar que ocupa Supersubmarina en nuestra memoria colectiva. Cuando tuvieron el accidente estaban en un momento enorme. Tenían público, canciones y una carrera que seguía creciendo. Todo eso ya existía, pero ¿los recordaríamos de la misma manera si su historia hubiera continuado?
No tengo una respuesta. Podrían haber seguido creciendo, haberse separado o haber publicado un disco que nos decepcionase. Podríamos haber acabado diciendo aquello que decimos de tantos grupos: que los primeros discos eran mejores. Su carrera quedó interrumpida y nosotros seguimos mirando hacia aquel momento. También hacia todo lo que imaginamos que habría venido después.
Creo que una parte de esa idealización tiene que ver con nosotros. Con la generación de la nostalgia. A veces pienso que nos cuesta dejar que las cosas terminen. Una banda, un videojuego, un bar, una época. Nos resistimos incluso cuando aquello ya había dejado de parecernos tan bueno antes de desaparecer.
Después pasa el tiempo y el recuerdo hace su trabajo. Se quedan las canciones, las noches que merecieron la pena y la gente con la que las compartimos. Se va borrando bastante de lo demás. Nuestros padres también tenían nostalgia, pero lo particular de nuestra generación quizá sea la cantidad de herramientas que tenemos para alimentarla.
Hemos vivido el paso de esperar una canción en la radio a poder escucharla cuando queramos. De guardar un videojuego en un cajón a llevar una colección entera en el bolsillo. De tener unas cuantas fotografías a recibir avisos que nos enseñan qué estábamos haciendo exactamente un día como hoy hace doce años.
El pasado está disponible todo el rato y nosotros entramos siempre que podemos.
Y es que tengo cuarenta años y me cuesta reconocerme en la imagen de adulto que tenía cuando era pequeño. Pienso en mi padre con cinco años menos de los que tengo ahora, en sus camisas de cuadros, en su manera de vestir y de estar en el mundo. Durante mucho tiempo di por hecho que hacerse mayor consistía en acabar pareciéndose a eso. Ahora llego a esa edad y sigo queriendo disfrutar, estar cómodo, jugar y escuchar música. Me cuesta encontrarle sentido a cambiar todo eso para encajar en la imagen que se supone que corresponde.
En el recuerdo que tengo de mis padres, el trabajo y las obligaciones ocupaban casi todo. Desde mi infancia apenas veía espacio para el ocio. Hoy sé que aquella mirada era incompleta, pero esa era la idea de vida adulta con la que crecí. Quizá por eso me sorprende encontrarme aquí, con cuarenta años y conservando tantas cosas que entonces asociaba a ser joven. También me pregunto cuánto hay de libertad en eso y cuánto de apego. Porque disfrutar de lo que te gusta y necesitar que todo siga siendo como antes pueden acabar pareciéndose mucho.
Con los videojuegos se ve clarísimo: el viaje al pasado que llevamos años haciendo con los emuladores es de traca. Recuperamos consolas, juegos y pantallas que conocemos de memoria. Ahora se suma la inteligencia artificial y esa posibilidad de recrear o imaginar de nuevo cosas que creíamos cerradas.
Me interesa lo que buscamos cuando volvemos ahí. Porque un juego puede seguir siendo buenísimo, pero también puede estar unido a una habitación, a una tarde concreta o a una persona con la que ya apenas hablamos.
Con las canciones pasa algo parecido. Y con los lugares. Hay bares a los que volveríamos encantados aunque sirvieran una cerveza bastante normal. Lo difícil sería reunir otra vez a quienes se sentaban con nosotros.
Por eso vuelvo a Supersubmarina. Me pregunto cuánto de lo que sentimos al escuchar esas canciones pertenece al grupo y cuánto pertenece a nuestra propia vida. A la edad que teníamos. A los conciertos a los que fuimos. A todo lo que todavía dábamos por hecho.
La pregunta también me incluye. Yo vuelvo a mis canciones, a mis juegos y a mis recuerdos. Y a veces me cuesta saber si estoy disfrutando de algo que sigue gustándome o intentando alargar una época.
Mientras tanto, siguen saliendo discos, aparecen juegos y abren sitios en los que aún no nos ha pasado nada. Y a mí me gustaría prestarles la suficiente atención como para tener algo nuevo que echar de menos dentro de veinte años.
