El fútbol tiene una capacidad extraña para meterse por lugares a los que normalmente no llega la razón.
Puedes pasarte años construyendo una identidad, defendiendo unas ideas y teniendo bastante claro de dónde eres y cómo entiendes el mundo. Y luego llega un partido, alguien marca un gol en el minuto 89 y acabas levantándote del sofá con los brazos en alto antes de tener tiempo de preguntarte qué demonios estás celebrando.
A mí me pasa con la selección española.
Soy nacionalista gallego. Me siento gallego, defiendo que Galicia es una nación y no tengo ningún conflicto con decirlo. Pero después juega España un partido importante y, dependiendo del momento, puedo acabar nervioso, celebrando un gol o deseando que gane.
¿Es incoherente? Probablemente.
Pero también pienso que estamos hechos precisamente de eso: de incoherencias.
No somos un manifiesto político con piernas. No vivimos siguiendo permanentemente una línea editorial. Podemos defender una cosa y emocionarnos con otra. Podemos sentirnos profundamente de un lugar y, al mismo tiempo, compartir durante noventa minutos la alegría de gente con la que seguramente no coincidimos en casi nada.
Porque el fútbol no siempre funciona desde la lógica. Funciona desde el recuerdo, desde la costumbre y desde el sentimiento de pertenencia.
Uno no escoge del todo por qué equipo siente algo. Muchas veces viene de casa, de una ciudad, de un abuelo, de un amigo o de una tarde concreta que se quedó guardada para siempre. Hay personas que se emocionan con un himno porque lo escucharon desde pequeñas. Otras recuerdan dónde estaban durante un gol de hace veinte años mejor que lo que hicieron la semana pasada.
El fútbol construye una especie de comunidad instantánea. Durante un rato, miles de personas creen estar sintiendo exactamente lo mismo. Aunque sea mentira, aunque al día siguiente vuelvan a discutir por política, por trabajo o por cualquier tontería.
Por eso se dice que el fútbol es el opio del pueblo. Y seguramente algo de eso hay.
Sirve para distraernos. Para llenar horas de tertulia con cuestiones que, objetivamente, no tienen demasiada importancia. Para hacernos hablar de un penalti mientras pasan cosas bastante más graves a nuestro alrededor. También sirve para que clubes, medios, empresas e instituciones vendan identidad, épica y pertenencia a la vez que se enriquecen más de lo que deberían.
Todo eso es verdad.
Pero también es verdad que la gente necesita disfrutar.
Necesitamos momentos que no tengan que ser útiles, productivos, ideológicamente perfectos ni moralmente ejemplares. Necesitamos celebrar algo, abrazar a quien tenemos al lado o pasar una semana discutiendo sobre si era fuera de juego.
A veces existe una obsesión por analizar cada placer hasta dejarlo completamente seco. Como si todo lo que hacemos tuviera que encajar sin ninguna contradicción dentro de nuestra forma de pensar. Como si emocionarse con un partido fuera una declaración política completa y no, simplemente, emocionarse con un partido.
No creo que celebrar un gol de la selección española me haga menos gallego. Tampoco creo que me obligue a aceptar una determinada idea de España, de Galicia o del mundo. Durante unos minutos, solo estoy viendo fútbol.
Quizá deberíamos permitirnos más veces esa clase de contradicciones.
No para dejar de pensar ni para ignorar que el deporte también se utiliza políticamente. Sino para asumir que las personas somos bastante más complejas que las etiquetas que nos ponemos. Que podemos sentir varias pertenencias, incluso cuando chocan entre ellas. Que dentro de cada uno conviven ideas, costumbres, recuerdos y emociones que no siempre se ponen de acuerdo.
Podemos saber que el fútbol es el opio del pueblo y aun así echarnos una cerveza para ver el partido.
Y podemos, de vez en cuando, dejar de pedirle coherencia absoluta a todo el mundo y permitir que la gente disfrute un poco.
Que tampoco estamos tan sobrados de alegrías.
